Entre el lodo, el miedo y la burocracia, un abuelo espera recuperar el cuerpo de Alexa

América Juárez Navarro

Afuera del Servicio Médico Forense (SEMEFO), en Morelia, permanece el abuelo de Alexa. El cansancio se refleja en su rostro después de una madrugada de espera y una tragedia que le arrebató a su hijo y a su nieta de apenas ocho años. Desde las primeras horas de este jueves espera recuperar el cuerpo de la pequeña, quien murió en el Hospital Infantil de Morelia tras resultar herida en un ataque armado en el que también fue asesinado su padre, Jorge Luis, en una comunidad de Apatzingán.

El escenario parece prolongar la tragedia. Una fachada de colores fríos, entre negro y guinda, calles sin pavimentar y lodo acumulado por las lluvias reciben a las familias que llegan a reclamar los cuerpos de sus seres queridos. No hay espacios adecuados para esperar, mientras representantes de funerarias se acercan para ofrecer sus servicios en medio del dolor.

En el lugar se observa la presencia de elementos de la Marina, Guardia Civil, Guardia Nacional y personal de la Fiscalía. Algunos llegan con sus armas a la cintura y continúan con los procedimientos habituales. No necesariamente por falta de sensibilidad, sino por una rutina en la que la muerte violenta forma parte de su trabajo cotidiano, en contraste con el dolor de las familias.

El abuelo permanece prácticamente en silencio. Evita las entrevistas por temor a exponerse y enfrentar nuevas amenazas cuando regrese a su comunidad. El miedo no terminó con el asesinato de su hijo y la muerte de su nieta.

Personal de la Comisión de Atención a Víctimas (CEAV) orienta a la familia sobre los apoyos gubernamentales para cubrir gastos funerarios. Sin embargo, trámites como obtener una CURP o descargar un acta de nacimiento representan dificultades para el abuelo, quien no sabe realizar estas gestiones desde un teléfono celular, mientras la madre de Alexa debe acudir al Ministerio Público. También hay presencia de personal de Derechos Humanos y de la Fiscalía, pero las horas transcurren sin que la familia tenga claridad sobre cuándo podrá recuperar el cuerpo.

Según personas cercanas, Alexa era especialmente cariñosa con su abuelo. Durante el ataque en el que murió su padre, intentó proteger a sus dos hermanitos y logró avisar lo ocurrido después de esconderse debajo de una cama. Jorge Luis, por su parte, buscaba salir adelante mediante la venta de productos básicos en una pequeña tienda.

Un vecino que llegó al SEMEFO para acompañar a la familia relata que en su comunidad, después de las cuatro o cinco de la tarde, prácticamente nadie sale de casa. La mayoría trabaja en el corte de limón, donde pueden ganar entre 300 y 400 pesos diarios, pero deben regresar temprano por temor a los grupos armados y las minas explosivas en los caminos.

Recuerda que antes los niños podían recorrer libremente los campos. Ahora, pese a la presencia de una base militar y elementos de la Guardia Nacional, aseguran que no existen condiciones de seguridad. Incluso señalan que una escuela dejó de impartir clases para dar espacio a las fuerzas de seguridad.

Los habitantes quieren que se conozca lo que ocurre en las comunidades de Apatzingán, pero temen represalias. Relatan desplazamientos constantes y familias que han abandonado sus hogares. Según sus testimonios, la regidora Maricarmen Zepeda Ontiveros ha sido una de las pocas autoridades que ha regresado a estas localidades para conocer su situación.

Mientras tanto, el cuerpo de Jorge Luis permanece en Apatzingán, a la espera de que su familia pueda despedirlo. En Morelia intentan recuperar el de Alexa para que padre e hija puedan ser velados juntos.

Entre el lodo, las patrullas, las funerarias y los trámites, el abuelo sigue esperando. No quiere entrevistas ni declaraciones. Solamente busca llevar a su nieta de regreso a casa.

Para esta familia, la tragedia no terminó cuando cesaron los disparos ni cuando Alexa murió en el hospital. Continúa afuera de un edificio de colores fríos, rodeado de lodo, donde un abuelo espera recuperar el cuerpo de su nieta, mientras el miedo a la violencia permanece incluso después de la muerte.